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CUENTOS PARA LEER EN VACACIONES
LA AHOGADA
Hoy un cuento para adultos de Agatha Christie

la ahogada

Don Henry Clithering, ex comisionado de Scotland Yard, estaba hospedado en casa de sus amigos, los Bantry, cerca del pueblecito de St. Mary Mead.

El s√°bado por la ma√Īana, cuando bajaba a desayunar a la agradable hora de las diez y cuarto, casi tropez√≥ con su anfitriona, la se√Īora Bantry, en la puerta del comedor. Sal√≠a de la habitaci√≥n evidentemente presa de una gran excitaci√≥n y contrariedad.
El coronel Bantry estaba sentado a la mesa con el rostro m√°s enrojecido que de costumbre.

-Buenos días, Clithering -dijo-. Hermoso día, siéntese.
Don Henry obedeci√≥ y, al ocupar su sitio ante un plato de ri√Īones con tocineta, su anfitri√≥n continu√≥:

-Dolly est√° algo preocupada esta ma√Īana.

-Sí… eso me ha parecido -dijo don Henry.

Y se pregunt√≥ a qu√© ser√≠a debido. Su anfitriona era una mujer de car√°cter apacible, poco dada a los cambios de humor y a la excitaci√≥n. Que don Henry supiera, lo √ļnico que le preocupaba de verdad era su jard√≠n.

-S√≠ -continu√≥ el coronel Bantry-. La han trastornado las noticias que nos han llegado esta ma√Īana. Una chica del pueblo, la hija de Emmott, el due√Īo del Blue Boar.

-Oh, sí, claro.

-S√≠ -dijo el coronel pensativo-. Una chica bonita que se meti√≥ en un l√≠o. La historia de siempre. He estado discutiendo con Dolly sobre el asunto. Soy un tonto. Las mujeres carecen de sentido com√ļn. Dolly se ha puesto a defender a esa chica. Ya sabe c√≥mo son las mujeres, dicen que los hombres somos unos brutos, etc., etc. Pero no es tan sencillo como esto, por lo menos hoy en d√≠a. Las chicas saben lo que hacen y el individuo que seduce a una joven no tiene que ser necesariamente un villano. El cincuenta por ciento de las veces no lo es. A m√≠ me cae bastante bien el joven Sanford, un joven simpl√≥n, m√°s bien que un donju√°n.

-¬ŅEs ese tal Sanford el que ha comprometido a la chica?

-Eso parece. Claro que yo no sé nada concreto -replicó el coronel-. Sólo son habladurías y chismorreos. ¡Ya sabe usted cómo es este pueblo! Como le digo, yo no sé nada. Y no soy como Dolly, que saca sus conclusiones y empieza a lanzar acusaciones a diestra y siniestra. Maldita sea, hay que tener cuidado con lo que se dice. Ya sabe, la encuesta judicial y lo demás…

-¬ŅEncuesta?
El coronel Bantry lo miró.

-S√≠. ¬ŅNo se lo he dicho? La chica se ha ahogado. Por eso se ha armado todo ese alboroto.

-Qué asunto más desagradable -dijo don Henry.

-Por supuesto, me repugna tan sólo pensarlo, pobrecilla. Su padre es un hombre duro en todos los aspectos e imagino que ella no se vio capaz de hacer frente a lo ocurrido.
Hizo una pausa.

-Eso es lo que ha trastornado tanto a Dolly.

-¬ŅD√≥nde se ahog√≥?

-En el río. Debajo del molino la corriente es bastante fuerte. Hay un camino y un puente que lo cruza. Creen que se arrojó desde allí. Bueno, bueno, es mejor no pensarlo.

Y el coronel Bantry abrió el periódico, dispuesto a distraer sus pensamientos de esos penosos asuntos y absorberse en las nuevas iniquidades del gobierno.

Don Henry no se interesó especialmente por aquella tragedia local. Después del desayuno, se instaló cómodamente en una tumbona sobre la hierba, se echó el sombrero sobre los ojos y se dispuso a contemplar la vida desde su cómodo asiento.

Eran las doce y media cuando una doncella se le acercó por el césped.

-Se√Īor, ha llegado la se√Īorita Marple y desea verlo.

-¬ŅLa se√Īorita Marple?

Don Henry se incorpor√≥ y se coloc√≥ bien el sombrero. Recordaba perfectamente a la se√Īorita Marple: sus modos anticuados, sus maneras amables y su asombrosa perspicacia, as√≠ como una docena de casos hipot√©ticos y sin resolver para los que aquella ‚Äút√≠pica solterona de pueblo‚ÄĚ hab√≠a encontrado la soluci√≥n exacta. Don Henry sent√≠a un profundo respeto por la se√Īorita Marple y se pregunt√≥ para qu√© habr√≠a ido a verle.

La se√Īorita Marple estaba sentada en el sal√≥n, tan erguida como siempre, y a su lado se ve√≠a un cesto de la compra de fabricaci√≥n extranjera. Sus mejillas estaban muy sonrosadas y parec√≠a sumamente excitada.

-Don Henry, celebro mucho verlo. Qué suerte he tenido al encontrarlo. Acabo de saber que estaba pasando aquí unos días. Espero que me perdonará…

-Es un placer verla -dijo don Henry estrech√°ndole la mano-. Lamento que la se√Īora Bantry haya salido de compras.

-S√≠ -contest√≥ la se√Īorita Marple-. Al pasar la vi hablando con Footit, el carnicero. Henry Footit fue atropellado ayer cuando iba con su perro, uno de esos terrier pendencieros que al parecer tienen todos los carniceros.

-Sí -respondió don Henry sin saber a qué venía aquello.

-Celebro haber venido ahora que no est√° ella -continu√≥ la se√Īorita Marple-, porque a quien deseaba ver era a usted, a causa de ese desgraciado asunto.

-¬ŅHenry Footit? -pregunt√≥ don Henry extra√Īado.

La se√Īorita Marple le dirigi√≥ una mirada de reproche.

-No, no. Me refiero a Rose Emmott, por supuesto. ¬ŅLo sabe usted ya?
Don Henry asintió.

-Bantry me lo ha contado. Es muy triste.

Estaba intrigado. No pod√≠a imaginar por qu√© quer√≠a verlo la se√Īorita Marple para hablarle de Rose Emmott.

La se√Īorita Marple volvi√≥ a tomar asiento y don Henry se sent√≥ a su vez. Cuando la anciana habl√≥ de nuevo, su voz son√≥ grave.

-Debe usted recordar, don Henry, que en un par de ocasiones hemos jugado a una especie de pasatiempo muy agradable: proponer misterios y buscar una solución. Usted tuvo la amabilidad de decir que yo no lo hacía del todo mal.

-Nos venció usted a todos -contestó don Henry con entusiasmo-. Demostró un ingenio extraordinario para llegar a la verdad. Y recuerdo que siempre encontraba un caso similar ocurrido en el pueblo, que era el que le proporcionaba la clave.
Don Henry sonri√≥ al decir esto, pero la se√Īorita Marple permanec√≠a muy seria.

-Si me he decidido a acudir a usted ha sido justamente por aquellas amables palabras suyas. Sé que si le hablo a usted… bueno, al menos no se reirá.
El excomisionado comprendió de pronto que estaba realmente apurada.

-Ciertamente, no me reiré -le dijo con toda amabilidad.

-Don Henry, esa chica, Rose Emmott, no se suicidó, fue asesinada. Y yo sé quién la ha matado.

El asombro dej√≥ sin habla a don Henry durante unos segundos. La voz de la se√Īorita Marple hab√≠a sonado perfectamente tranquila y sosegada, como si acabara de decir la cosa m√°s normal del mundo.

-√Čsa es una declaraci√≥n muy seria, se√Īorita Marple -dijo don Henry cuando se hubo recuperado.

Ella asintió varias veces.

-Lo sé, lo sé. Por eso he venido a verle.

-Pero mi querida se√Īora, yo no soy la persona adecuada. Ahora soy un ciudadano m√°s. Si usted est√° segura de lo que afirma debe acudir a la polic√≠a.

-No lo creo -replic√≥ de inmediato la se√Īorita Marple.

-¬ŅPor qu√© no?

-Porque no tengo lo que ustedes llaman pruebas.

-¬ŅQuiere decir que s√≥lo es una opini√≥n suya?

-Puede llamarse as√≠, pero en realidad no es eso. Lo s√©, estoy en posici√≥n de saberlo. Pero si le doy mis razones al inspector Drewitt, se echar√° a re√≠r y no podr√© reproch√°rselo. Es muy dif√≠cil comprender lo que pudi√©ramos llamar un ‚Äúconocimiento especializado‚ÄĚ.

-¬ŅComo cu√°l? -le sugiri√≥ don Henry.

La se√Īorita Marple sonri√≥ ligeramente.

-Si le dijera que lo s√© porque un hombre llamado Peasegood [Buenguisante] dej√≥ nabos en vez de zanahorias cuando vino con su carro a venderle verduras a mi sobrina har√° varios a√Īos‚Ķ

Se detuvo con adem√°n elocuente.

-Un nombre muy adecuado para su profesión -murmuró don Henry-. Quiere decir que juzga el caso sencillamente por los hechos ocurridos en un caso similar…

-Conozco la naturaleza humana -respondi√≥ la se√Īorita Marple-. Es imposible no conocerla despu√©s de vivir tantos a√Īos en un pueblo. El caso es, ¬Ņme cree usted o no?
Lo miró de hito en hito mientras se acentuaba el rubor de sus mejillas.

Don Henry era un hombre de gran experiencia y tomaba sus decisiones con gran rapidez, sin andarse por las ramas. Por fant√°stica que pareciese la declaraci√≥n de la se√Īorita Marple, se dio cuenta en seguida de que la hab√≠a aceptado.

-Le creo, se√Īorita Marple, pero no comprendo qu√© quiere que haga yo en este asunto ni por qu√© ha venido a verme.

-Le he estado dando vueltas y vueltas al asunto -explic√≥ la anciana-. Y, como le digo, ser√≠a in√ļtil acudir a la polic√≠a sin hechos concretos. Y no los tengo. Lo que quer√≠a pedirle es que se interese por este asunto, cosa que estoy segura halagar√° al inspector Drewitt. Y si la cosa prosperara, al coronel Melchett, el jefe de polic√≠a. Estoy segura de que ser√≠a como cera en sus manos.

Lo miró suplicante.

-¬ŅY qu√© datos va a darme usted para empezar a trabajar?

-He pensado escribir un nombre, el del culpable, en un pedazo de papel y dárselo a usted. Luego, si durante el transcurso de la investigación usted decide que esa persona no tiene nada que ver, pues me habré equivocado.

Hizo una breve pausa y agregó con un ligero estremecimiento:

-Sería terrible que ahorcaran a una persona inocente.

-¬ŅQu√© diablos? -exclam√≥ don Henry sobresaltado.

Ella volvió su rostro preocupado hacia don Henry.

-Puedo equivocarme, aunque no lo creo. El inspector Drewitt es un hombre inteligente, pero algunas veces una inteligencia mediocre puede resultar peligrosa y no lleva a uno muy lejos.

Don Henry la contempl√≥ con curiosidad. La se√Īorita Marple abri√≥ un peque√Īo bolso del que extrajo una libretita y, arrancando una de las hojas, escribi√≥ unas palabras con todo cuidado.

Después de doblar la hoja en dos, se la entregó a don Henry.

√Čste la abri√≥ y ley√≥ el nombre, que nada le dec√≠a, mas enarc√≥ las cejas mirando a la se√Īorita Marple mientras se guardaba el papel en el bolsillo.

-Bien, bien -dijo-. Es un asunto extraordinario. Nunca hab√≠a intervenido en nada semejante, pero voy a confiar en la buena opini√≥n que usted me merece, se lo aseguro, se√Īorita Marple.

Don Henry se hallaba en la salita con el coronel Melchett, jefe de policía del condado, así como con el inspector Drewitt. El jefe de policía era un hombre de modales marciales y agresivos. El inspector Drewitt era corpulento y ancho de espaldas, y un hombre muy sensato.

-Tengo la sensación de que me estoy entrometiendo en su trabajo -decía don Henry con su cortés sonrisa-. Y en realidad no sabría decirles por qué lo hago -lo cual era rigurosamente cierto.

-Mi querido amigo, estamos encantados. Es un gran cumplido.

-Un honor, don Henry -dijo el inspector.

El coronel Melchett pensaba: ‚ÄúEl pobre est√° aburrid√≠simo en casa de los Bantry. El viejo criticando todo el santo d√≠a al gobierno, y ella hablando sin parar de sus bulbos‚ÄĚ.

El inspector dec√≠a para sus adentros: ‚ÄúEs una l√°stima que no persigamos a un delincuente verdaderamente h√°bil. He o√≠do decir que es uno de los mejores cerebros de Inglaterra. Qu√© l√°stima, realmente una l√°stima, que se trate de un caso tan sencillo‚ÄĚ.

El jefe de policía dijo en voz alta:

-Me temo que se trata de un caso muy s√≥rdido y claro. Primero se pens√≥ que la chica se hab√≠a suicidado. Estaba esperando un ni√Īo. Sin embargo, nuestro m√©dico, el doctor Haydock, que es muy cuidadoso, observ√≥ que la v√≠ctima presentaba unos cardenales en la parte superior de cada brazo, ocasionados presumiblemente por una persona que la sujet√≥ para arrojarla al r√≠o.

-¬ŅSe hubiera necesitado mucha fuerza?

-Creo que no. Seguramente no hubo lucha, si la cogieron desprevenida. Es un puente de madera, muy resbaladizo. Tirarla debió de ser lo más sencillo del mundo, en un lado no hay barandilla.

-¬ŅSaben con seguridad que la tragedia ocurri√≥ all√≠?

-S√≠, lo dijo un ni√Īo de doce a√Īos, Jimmy Brown. Estaba en los bosques del otro lado del r√≠o y oy√≥ un grito y un chapuz√≥n. Hab√≠a oscurecido ya y era dif√≠cil distinguir nada. No tard√≥ en ver algo blanco que flotaba en el agua y corri√≥ en busca de ayuda. Lograron sacarla, pero era demasiado tarde para reanimarla.

Don Henry asintió.

-¬ŅEl ni√Īo no vio a nadie en el puente?

-No, pero como le digo era de noche y por allí siempre suele haber algo de niebla. Voy a preguntarle si vio a alguna persona por allí antes o después de ocurrir la tragedia. Naturalmente, él imagino que la joven se había suicidado. Todos lo pensamos al principio.

-Sin embargo, tenemos la nota -dijo el inspector Drewitt volviéndose a don Henry.

-Una nota que encontramos en el bolsillo de la v√≠ctima. Estaba escrita con un l√°piz de dibujo y, aunque estaba empapada de agua, con alg√ļn esfuerzo pudimos leerla.
-¬ŅY qu√© dec√≠a?

-Era del joven Sandford. ‚ÄúDe acuerdo -dec√≠a-. Me reunir√© contigo en el puente a las ocho y media. R. S.‚ÄĚ Bueno, fue muy cerca de esa hora, pocos minutos despu√©s de las ocho y media, cuando Jimmy Brown oy√≥ el grito y el chapuz√≥n.

-No sé si conocerá usted a Sandford -continuó el coronel Melchett-. Lleva aquí cosa de un mes. Es uno de esos jóvenes arquitectos que construyen casas extravagantes. Está edificando una para Allington. Dios sabe lo que resultará, supongo que alguna fantochada moderna de ésas, mesas de cristal y sillas de acero y lona. Bueno, eso no significa nada, por supuesto, pero demuestra la clase de individuo que es Sandford: un bolchevique, un tipo sin moral.

-La seducción es un crimen muy antiguo -dijo don Henry con calma-, aunque desde luego no tanto como el homicidio.

El coronel Melchett lo mir√≥ extra√Īado.

-¡Oh, sí! Desde luego, desde luego.

-Bien, don Henry -intervino Drewitt-, ah√≠ lo tiene: es un asunto feo, pero claro como el agua. Este joven, Sandford, seduce a la chica y se dispone a regresar a Londres. All√≠ tiene novia, una se√Īorita bien con la que est√° prometido. Naturalmente, si ella se entera de eso, puede dar por terminadas sus relaciones. Se encuentra con Rose en el puente. Es una noche oscura, no hay nadie por all√≠, la coge por los hombros y la arroja al agua. Un sinverg√ľenza que tendr√° su merecido. √Čsa es mi opini√≥n.
Don Henry permaneció en silencio un par de minutos. Casi podía palpar los prejuicios subyacentes. No era probable que un arquitecto moderno fuese muy popular en un pueblo tan conservador como St. Mary Mead.

-Supongo que no existirá la menor duda de que ese hombre, Sandford, era el padre de la criatura… -preguntó.

-Lo era, desde luego -replicó Drewitt-. Rose Emmott se lo dijo a su padre, pensaba que se casaría con ella. ¡Casarse con ella! ¡Qué ingenua!
‚Äú¬°Pobre de m√≠! -pens√≥ don Henry-. Me parece estar viviendo un melodrama Victoriano. La joven confiada, el villano de Londres, el padre iracundo. S√≥lo falta el fiel amor pueblerino. S√≠, creo que ya es hora de que pregunte por √©l‚ÄĚ.

Y en voz alta a√Īadi√≥:

-¬ŅEsa joven no ten√≠a alg√ļn pretendiente en el pueblo?
-¬ŅSe refiere a Joe Ellis? -dijo el inspector-. Joe es un buen muchacho, trabaja como carpintero. ¬°Ah! Si ella se hubiera fijado en √©l‚Ķ

El coronel Melchett asintió aprobador.

-Uno tiene que limitarse a los de su propia clase -sentenció.
-¬ŅC√≥mo se tom√≥ Joe Ellis todo el asunto? -quiso saber don Henry.

-Nadie lo sabe -contest√≥ el inspector-. Joe es un muchacho muy tranquilo y reservado. Cualquier cosa que hiciera Rose le parec√≠a bien. Lo ten√≠a completamente dominado. Se limitaba a esperar que alg√ļn d√≠a volviera a √©l. S√≠, creo que √©sa era su manera de afrontar la situaci√≥n.

-Me gustaría verlo -dijo don Henry.

-¬°Oh! Nosotros vamos a interrogarlo -explic√≥ el coronel Melchett-. No vamos a dejar ning√ļn cabo suelto. Hab√≠a pensado ver primero a Emmott, luego a Sandford y despu√©s podemos ir a hablar con Ellis. ¬ŅLe parece bien, Clithering?

Don Henry respondió que le parecía estupendo.

Encontraron a Tom Emmott en la taberna el Blue Boar. Era un hombre corpulento, de mediana edad, mirada inquieta y mandíbula poderosa.

-Celebro verles, caballeros. Buenos d√≠as, coronel. Pasen aqu√≠ y podremos hablar en privado. ¬ŅPuedo ofrecerles alguna cosa? ¬ŅNo? Como quieran. Han venido por el asunto de mi pobre hija. ¬°Ah! Rose era una buena chica. Siempre lo fue, hasta que ese cerdo‚Ķ (perd√≥nenme, pero eso es lo que es), hasta que ese cerdo vino aqu√≠. √Čl le prometi√≥ que se casar√≠an, eso hizo. Pero yo har√© que lo pague muy caro. La arroj√≥ al r√≠o. El cerdo asesino. Nos ha tra√≠do la desgracia a todos. ¬°Mi pobre hija!

-¬ŅSu hija le dijo claramente que Sandford era el responsable de su estado? -pregunt√≥ Melchett crispado.

-Sí, en esta misma habitación.

-¬ŅY qu√© le dijo usted? -quiso saber don Henry.

-¬ŅDecirle? -el hombre pareci√≥ desconcertado.

-Sí, usted, por ejemplo, no la amenazaría con echarla de su casa o algo así.

-Me disgust√© mucho, eso es natural. Supongo que estar√° de acuerdo en que eso era algo natural. Pero, desde luego, no la ech√© de casa. Yo no har√≠a semejante cosa -dijo con virtuosa indignaci√≥n-. No. ¬ŅPara qu√© est√° la ley?, le dije. ¬ŅPara qu√© est√° la ley? Ya lo obligar√°n a cumplir con su deber. Y si no lo hace, por mi vida que lo pagar√°.
Y dej√≥ caer su pu√Īo con fuerza sobre la mesa.

-¬ŅCu√°ndo vio a su hija por √ļltima vez? -pregunt√≥ Melchett.

-Ayer… a la hora del té.

-¬ŅC√≥mo se comportaba?

-Pues como siempre. No noté nada. Si yo hubiera sabido…

-Pero no lo sabía -replicó el inspector en tono seco

Y dicho esto se despidieron.

‚ÄúEmmott no es un sujeto que resulte precisamente agradable‚ÄĚ, pens√≥ don Henry para sus adentros.

-Es un poco violento -contestó Melchett-. Si hubiera tenido oportunidad ya hubiese matado a Sandford, de eso estoy seguro.

La pr√≥xima visita fue para el arquitecto. Rex Sandford era muy distinto a la imagen que don Henry se hab√≠a formado de √©l. Alto, muy rubio, delgado, de ojos azules y so√Īadores, y cabellos descuidados y demasiado largos. Su habla resultaba un tanto afeminada.

El coronel Melchett se present√≥ a s√≠ mismo y a sus acompa√Īantes y, pasando directamente al objeto de su visita, invit√≥ al arquitecto a que aclarara cu√°les hab√≠an sido sus actividades durante la noche anterior.

-Debe comprender -le dijo a modo de advertencia- que no tengo autoridad para obligarlo a declarar y que todo lo que diga puede ser utilizado en su contra. Quiero dejar esto bien claro.

-Yo, no… no comprendo -dijo Sandford.

-¬ŅComprende que Rose Emmott muri√≥ ahogada ayer noche?

-Sí, lo sé. ¡Oh! Es demasiado… demasiado terrible. Apenas si he podido dormir en toda la noche, y he sido incapaz de trabajar nada hoy. Me siento responsable, terriblemente responsable.
Se pas√≥ las manos por los cabellos, enmara√Ī√°ndolos todav√≠a m√°s.

-Nunca tuve intenci√≥n de hacerle da√Īo -dijo en tono pla√Īidero-. Nunca lo pens√© siquiera. Nunca pens√© que se lo tomara de esa manera.
Y sentándose junto a la mesa escondió el rostro entre las manos.

-¬ŅDebo entender, se√Īor Sandford, que se niega a declarar d√≥nde estaba ayer noche a las ocho y media?

-No, no, claro que no. Había salido. Salí a pasear.

-¬ŅFue a reunirse con la se√Īorita Emmott?

-No, me fui solo. A través de los bosques. Muy lejos.

-Entonces, ¬Ņc√≥mo explica usted esta nota, que fue encontrada en el bolsillo de la difunta?

El inspector Drewitt la leyó en voz alta sin demostrar emoción alguna.

-Ahora -concluy√≥-, ¬Ņniega haberla escrito?

-No… no. Tiene razón, la escribí yo. Rose me pidió que fuera a verla. Insistió, yo no sabía qué hacer, por eso le escribí esa nota.

-Ah, así está mejor -le dijo Drewitt.

-¬°Pero no fui! -Sandford elev√≥ la voz-. ¬°No fui! Pens√© que era mejor no ir. Ma√Īana pensaba regresar a la ciudad. Ten√≠a intenci√≥n de escribirle desde Londres y hacer alg√ļn arreglo.

-¬ŅSe da usted cuenta, se√Īor, de que la chica iba a tener un ni√Īo y que hab√≠a dicho que usted era el padre?

Sandford lanzó un gemido, pero nada respondió.

-¬ŅEra eso cierto, se√Īor?
Sandford escondió todavía más el rostro entre las manos.

-Supongo que sí -dijo con voz ahogada.

-¬°Ah! -El inspector Drewitt no pudo disimular su satisfacci√≥n-. Ahora h√°blenos de ese paseo suyo. ¬ŅLo vio alguien anoche?

-No lo sé, pero no lo creo. Que yo recuerde, no me encontré a nadie.

-Es una l√°stima.

-¬ŅQu√© quiere usted decir? -Sandford abri√≥ mucho los ojos-. ¬ŅQu√© importa si fui a pasear o no? ¬ŅQu√© tiene que ver eso con que Rose se suicidase?

-¬°Ah! -exclam√≥ el inspector-. Pero es que no se suicid√≥, la arrojaron al agua deliberadamente, se√Īor Sandford.

-Que ella… -tardó un par de minutos en sobreponerse al horror que le produjo la noticia-. ¡Dios mío! Entonces…
Se desplomó en una silla.

El coronel Melchett hizo adem√°n de marcharse.

-Debe comprender, se√Īor Sandford -le dijo-, que no le conviene abandonar esta casa.
Los tres hombres salieron juntos, y el inspector y el coronel Melchett intercambiaron una mirada.

-Creo que es suficiente, se√Īor -dijo el inspector.

-Sí, vaya a buscar una orden de arresto y deténgalo.

-Disc√ļlpenme -exclam√≥ don Henry-. He olvidado mis guantes.
Y volvió a entrar en la casa rápidamente. Sandford seguía sentado donde lo habían dejado, con la mirada perdida en el vacío.
-He vuelto -le anunció don Henry- para decirle que yo, personalmente, haré cuanto pueda por ayudarle. No me está permitido revelar el motivo de mi interés por usted, pero debo pedirle que me refiera lo más brevemente posible todo lo que pasó entre usted y esa chica, Rose.

-Era muy bonita -contest√≥ Sandford-, muy bonita y muy provocativa. Y‚Ķ y me asediaba continuamente. Le juro que es cierto. No me dejaba ni un minuto. Y aqu√≠ yo me encontraba muy solo, no le ca√≠a simp√°tico a nadie y, como le digo, ella era terriblemente bonita y parec√≠a saber lo que hac√≠a y‚Ķ -su voz se apag√≥-. Y luego ocurri√≥ esto. Quer√≠a que me casara con ella y yo ya estoy comprometido con una chica de Londres. Si llegara a enterarse de esto‚Ķ y se enterar√°, por supuesto, todo habr√° terminado. No lo comprender√°. ¬ŅC√≥mo podr√≠a comprenderlo? Soy un depravado, desde luego. Como le digo, no sab√≠a qu√© hacer y evitaba en la medida de lo posible a Rose.
Pens√© que si regresaba a la capital y ve√≠a a mi abogado, podr√≠a arreglarlo pas√°ndole alg√ļn dinero. ¬°Cielos, qu√© idiota! Y todo est√° tan claro, todo me acusa, pero se han equivocado. Ella tuvo que suicidarse.

-¬ŅLe amenaz√≥ alguna vez con quitarse la vida?
Sandford negó con la cabeza.

-Nunca, y tampoco hubiera dicho que fuese capaz de hacerlo.

-¬ŅQu√© sabe de un hombre llamado Joe Ellis?

-¬ŅEl carpintero? El t√≠pico hombre de pueblo. Muy callado, pero estaba loco por Rose.

-¬ŅEs posible que estuviera celoso? -insinu√≥ don Henry.

-Supongo que estaba un poco celoso, pero pertenece al tipo bovino, es de los que sufren en silencio.

-Bueno -dijo don Henry-, debo marcharme.
Y se reunió con los otros.

-¬ŅSabe, Melchett? Creo que deber√≠amos ir a ver a ese otro individuo, Ellis, antes de tomar ninguna determinaci√≥n. Ser√≠a una l√°stima que, despu√©s de realizar la detenci√≥n, resultase ser un error. Al fin y al cabo, los celos siempre fueron un buen m√≥vil para cometer un crimen. Y adem√°s bastante corriente.

-Es cierto -replic√≥ el inspector-, pero Joe Ellis no es de esa clase. Es incapaz de hacer da√Īo a una mosca. Nadie lo ha visto nunca fuera de s√≠. No obstante, estoy de acuerdo con usted en que ser√° mejor preguntarle d√≥nde estuvo ayer noche. Ahora debe de estar en su casa. Se hospeda en casa de la se√Īora Bartlett, una persona muy decente, que era viuda y se ganaba la vida lavando ropa.
La casa adonde se dirigieron era inmaculadamente pulcra. Les abrió la puerta una mujer robusta de mediana edad, rostro afable y ojos azules.

-Buenos d√≠as, se√Īora Bartlett -dijo el inspector-. ¬ŅEst√° Joe Ellis?

-Ha regresado har√° unos diez minutos -respondi√≥ la se√Īora Bartlett-. Pasen, por favor.

Y sec√°ndose las manos en el delantal, los condujo hasta una salita llena de p√°jaros disecados, perros de porcelana, un sof√° y varios muebles in√ļtiles.
Se apresuró a disponer asiento para todos y, apartando una rinconera para que hubiera más espacio, salió de la habitación gritando:

-Joe, hay tres caballeros que quieren verte.
Y una voz le contestó desde la cocina:

-Iré en cuanto termine de lavarme.
La se√Īora Bartlett sonri√≥.

-Vamos, se√Īora Bartlett -dijo el coronel Melchett-. Si√©ntese.
A la se√Īora Bartlett le sorprendi√≥ la idea.

-Oh, no se√Īor. Ni pensarlo.

-¬ŅEs buen hu√©sped Joe Ellis? -le pregunt√≥ Melchett en tono intrascendente.

-No podr√≠a ser mejor, se√Īor. Es un joven muy formal. Nunca bebe ni una gota de vino y se toma muy en serio su trabajo. Siempre se muestra amable y me ayuda cuando hay cosas que reparar en la casa. Fue √©l quien me puso esos estantes y me ha hecho un nuevo aparador para la cocina. Siempre arregla esas cosillas que hace falta arreglar en las casas. Joe lo hace como cosa natural y ni siquiera quiere que le d√© las gracias. ¬°Ah! No hay muchos j√≥venes como Joe, se√Īor.

-Alguna muchacha ser√° muy afortunada alg√ļn d√≠a -dijo Melchett-. Estaba bastante enamorado de esa pobre chica, Rose Emmott, ¬Ņno es cierto?

La se√Īora Bartlett suspir√≥.

-Me pon√≠a de mal humor. √Čl besaba la tierra que pisaba y a ella sin importarle un comino los sentimientos de Joe.

-¬ŅD√≥nde pasa las tardes, se√Īora Bartlett?

-Generalmente aqu√≠, se√Īor. Algunas veces trabaja en alguna pieza dif√≠cil y, adem√°s,
est√° estudiando contabilidad por correspondencia.

-¬°Ah!, ¬Ņde veras? ¬ŅEstuvo aqu√≠ ayer noche?

-S√≠, se√Īor.

-¬ŅEst√° segura, se√Īora Bartlett? -pregunt√≥ don Henry secamente.

Se volvió hacia él para contestar:

-Completamente segura, se√Īor.

-¬ŅPor casualidad no saldr√≠a entre las ocho y las ocho y media?

-Oh, no -la se√Īora Bartlett se ech√≥ a re√≠r-. Estuvo en la cocina casi toda la noche, montando el aparador, y yo lo ayud√©.

Don Henry miró su rostro sonriente y por primera vez sintió la sombra de una duda.
Un momento despu√©s entraba en la habitaci√≥n el propio Ellis. Era un joven alto, de anchas espaldas y muy atractivo, de estilo r√ļstico. Sus ojos azules eran t√≠midos y su sonrisa amable. Un gigante joven y agradable.
Melchett inici√≥ la conversaci√≥n, y la se√Īora Bartlett se march√≥ a la cocina.

-Estamos investigando la muerte de Rose Emmott. Usted la conocía, Ellis.

-Sí -vaciló y luego dijo en voz baja-: Esperaba casarme con ella, pobrecilla.

-¬ŅConoc√≠a su estado?

-S√≠. -un rel√°mpago de ira brill√≥ en sus ojos-. √Čl la dej√≥ tirada, pero fue lo mejor.
No hubiera sido feliz casándose con él y confiaba en que cuando eso ocurriera acudiría a mí. Yo hubiera cuidado de ella.

-A pesar de…

-No fue culpa suya. √Čl la hizo caer con mil promesas. ¬°Oh! Ella me lo cont√≥. No ten√≠a que haberse suicidado. Ese tipo no lo val√≠a.

-Ellis, ¬Ņd√≥nde estaba usted ayer noche, alrededor de las ocho y media?
Tal vez fuese producto de la imaginación de don Henry, pero le pareció detectar una cierta turbación en su rápida, casi demasiado rápida, respuesta.

-Estuve aqu√≠, montando el aparador de la se√Īora Bartlett. Preg√ļnteselo a ella.
‚ÄúHa contestado con demasiado presteza -pens√≥ don Henry-. Y √©l es un hombre lento. Eso demuestra que ten√≠a preparada de antemano la respuesta‚ÄĚ.
Pero se dijo a sí mismo que estaba dejándose llevar por la imaginación. Sí, demasiadas cosas imaginaba, hasta le había parecido ver un destello de aprensión en aquellos ojos azules.
Tras unas cuantas preguntas m√°s, se marcharon. Don Henry busc√≥ un pretexto para entrar en la cocina, donde encontr√≥ a la se√Īora Bartlett ocupada en encender el fuego. Al verlo le sonri√≥ con simpat√≠a. En la pared hab√≠a un nuevo armario, todav√≠a sin terminar, y algunas herramientas y pedazos de madera.

-¬ŅEn eso estuvo trabajando Ellis anoche? -pregunt√≥ don Henry.

-S√≠, se√Īor. Est√° muy bien, ¬Ņno le parece? Joe es muy buen carpintero.
Ni el menor recelo en su mirada. Pero Ellis‚Ķ ¬ŅLo habr√≠a imaginado? No, hab√≠a algo.
‚ÄúDebo pescarlo‚ÄĚ, pens√≥ don Henry.
Y al volverse para marcharse, tropez√≥ con un cochecito de ni√Īo.

-Espero que no habr√© despertado al ni√Īo -dijo.
La se√Īora Bartlett lanz√≥ una carcajada.

-Oh, no, se√Īor. Yo no tengo ni√Īos, es una pena. En ese cochecito llevo la ropa que he lavado cuando voy a entregarla.

-¡Oh! Ya comprendo…
Hizo una pausa y luego dijo, dej√°ndose llevar por un impulso.

-Se√Īora Bartlett, usted conoc√≠a a Rose Emmott. D√≠game lo que pensaba realmente de ella.

-Pues creo que era una caprichosa, pero est√° muerta y no me gusta hablar mal de los muertos.

-Pero yo tengo una razón, una razón poderosa para preguntárselo -su voz era persuasiva.
Ella pareció reflexionar, mientras lo observaba con suma atención. Finalmente se decidió.

-Era una mala persona, se√Īor -dijo con calma-. No me atrever√≠a a decirlo delante de Joe. Ella lo dominaba. Esa clase de mujeres saben hacerlo, es una pena, pero ya sabe lo que ocurre, se√Īor.

Sí, don Henry lo sabía. Los Joe Ellis de este mundo son particularmente vulnerables, confían ciegamente. Pero precisamente por eso, el choque de descubrir la verdad es siempre más fuerte.

Abandon√≥ aquella casa confundido y perplejo. Se hallaba ante un muro infranqueable. Joe Ellis hab√≠a estado trabajando all√≠ durante toda la noche anterior, bajo la vigilancia de la se√Īora Bartlett. ¬ŅC√≥mo era posible soslayar ese obst√°culo? No hab√≠a nada que oponer a eso, como no fuera la sospechosa presteza con que Joe Ellis hab√≠a contestado, un claro indicio de que pod√≠a haber preparado aquella historia de antemano.

-Bueno -dijo Melchett-, esto parece dejar el asunto bastante claro, ¬Ņno les parece?

-S√≠, se√Īor -convino el inspector-. Sandford es nuestro hombre. No tiene nada en que apoyar su defensa. Todo est√° claro como el d√≠a. En mi opini√≥n, puesto que la chica y su padre estaban dispuestos a‚Ķ a hacerle pr√°cticamente v√≠ctima de un chantaje, y √©l no ten√≠a dinero ni quer√≠a que el asunto llegara a o√≠dos de su novia, se desesper√≥ y actu√≥ de acuerdo con su desesperaci√≥n. ¬ŅQu√© opina usted de esto, se√Īor? -agreg√≥ dirigi√©ndose a don Henry con deferencia.

-Eso parece -admitió don Henry-. Y, sin embargo, no puedo imaginarme a Sandford cometiendo ninguna acción violenta.
Pero sabía que su objeción apenas tendría validez.

El animal m√°s manso, al verse acorralado, es capaz de las acciones m√°s sorprendentes.

-Me gustar√≠a ver a ese ni√Īo -dijo de pronto-. El que oy√≥ el grito.
Jimmy Brown result√≥ ser un ni√Īo vivaracho, bastante menudo para su edad y de rostro delgado e inteligente. Estaba deseando ser interrogado y le decepcion√≥ bastante ver que ya sab√≠an lo que hab√≠a o√≠do en la fat√≠dica noche.

-Tengo entendido que estabas al otro lado del puente -le dijo don Henry-, al otro lado del r√≠o. ¬ŅViste a alguien por ese lado mientras te acercabas al puente?

-Alguien andaba por el bosque. Creo que era el se√Īor Sandford, el arquitecto que est√° construyendo esa casa tan rara.
Los tres hombres intercambiaron una mirada de inteligencia.

-¬ŅEso fue unos diez minutos antes de que oyeras el grito?
El muchacho asintió.

-¬ŅViste a alguien m√°s en la orilla del r√≠o, del lado del pueblo?

-Un hombre venía por el camino por ese lado. Iba despacio, silbando. Tal vez fuese Joe Ellis.

-T√ļ no pudiste ver qui√©n era -le dijo el inspector en tono seco-. Era de noche y hab√≠a niebla.

-Lo digo por lo que silbaba -contest√≥ el chico-. Joe Ellis siempre silba la misma tonadilla, ‚ÄúQuiero ser feliz‚ÄĚ, es la √ļnica que sabe.
Habló con el desprecio que un vanguardista sentiría por alguien a quien considerara anticuado.

-Cualquiera pudo silbar eso -replic√≥ Melchett-. ¬ŅIba en direcci√≥n al puente?

-No, al revés, hacia el pueblo.

-No creo que debamos preocuparnos por ese desconocido -dijo Melchett-. T√ļ o√≠ste el grito y un chapuz√≥n y, pocos minutos despu√©s, al ver un cuerpo que flotaba aguas abajo, corriste en busca de ayuda, regresaste al puente, lo cruzaste y te fuiste directamente al pueblo. ¬ŅNo viste a nadie por all√≠ cerca a quien pedir ayuda?

-Creo que hab√≠a dos hombres con una carretilla en la orilla del r√≠o, pero estaban bastante lejos y no pod√≠a distinguir si iban o ven√≠an, y como la casa del se√Īor Giles estaba m√°s cerca, corr√≠ hacia all√≠.

-Hiciste muy bien, muchacho -le dijo Melchett-. Actuaste con gran entereza. T√ļ eres ni√Īo escucha, ¬Ņverdad?

-S√≠, se√Īor.

-Muy bien.

Ddon Henry permanecía en silencio, reflexionando. Extrajo un pedazo de papel de su bolsillo y, tras mirarlo, meneó la cabeza. Parecía imposible y sin embargo…
Se decidi√≥ a visitar a la se√Īorita Marple sin dilaci√≥n.
Lo recibió en un saloncito de estilo antiguo, ligeramente recargado.

-He venido a darle cuenta de nuestros progresos -dijo don Henry-. Me temo que desde su punto de vista las cosas no marchan del todo bien. Van a detener a Sandford. Y debo confesar que, a juzgar por los indicios, con toda justicia.

-Entonces, ¬Ņno ha encontrado nada, digamos, que justifique mi teor√≠a? -parec√≠a perpleja, ansiosa-. Quiz√°s estuviera equivocada, completamente equivocada. Usted tiene tanta experiencia que, de no ser as√≠, lo habr√≠a averiguado.

-En primer lugar -dijo don Henry-, apenas puedo creerlo. Y por otra parte, nos estrellamos contra una coartada infranqueable. Joe Ellis estuvo montando los estantes de un armario de la cocina toda la noche y la se√Īora Bartlett estaba con √©l.
La se√Īorita Marple se inclin√≥ hacia delante presa de una gran agitaci√≥n.

-Pero eso no es posible -exclamó con firmeza-. Era viernes.

-¬ŅViernes?

-Sí, fue la noche del viernes. Y los viernes por la noche ella va a entregar la ropa
que ha lavado durante la semana.

Don Henry se reclinó en su asiento. Recordaba la historia de Jimmy Brown sobre el hombre que silbaba y… sí, encajaba.
Se puso en pie, estrechando en√©rgicamente la mano de la se√Īorita Marple.

-Creo que ya sé qué debo hacer -le dijo-. O por lo menos lo intentaré.
Cinco minutos despu√©s estaba en casa de la se√Īora Bartlett, frente a Joe Ellis, en la salita de los perros de porcelana.

-Usted nos mintió, Ellis, con respecto a la noche pasada -le dijo crispado-. Entre las ocho y las ocho y media usted no estuvo en la cocina montando el armario. Lo vieron paseando por la orilla del río en dirección al pueblo pocos minutos antes de que Rose Emmott fuese asesinada.

El hombre se quedó atónito.
-No fue asesinada, no fue asesinada. Yo no tengo nada que ver. Ella se arroj√≥ al r√≠o. Estaba desesperada. Yo no hubiera podido hacerle el menor da√Īo, no hubiera podido.

-Entonces, ¬Ņpor qu√© nos minti√≥ dici√©ndonos que estuvo aqu√≠? -pregunt√≥ don Henry con astucia.

El joven alzó los ojos y luego los bajó con gesto nervioso.

-Estaba asustado. La se√Īora Bartlett me vio por all√≠ y, cuando supo lo que hab√≠a ocurrido, pens√≥ que las cosas pod√≠an ponerse feas para m√≠. Quedamos en que yo dir√≠a que hab√≠a estado trabajando aqu√≠ y ella se avino a respaldarme. Es una persona muy buena. Siempre fue muy buena conmigo.
Sin a√Īadir palabra don Henry abandon√≥ la estancia para dirigirse a la cocina. La se√Īora Bartlett estaba lavando los platos.

-Se√Īora Bartlett -le dijo-, lo s√© todo. Creo que ser√° mejor que conf√≠ese, es decir, a menos que quiera que ahorquen a Joe Ellis por algo que no ha hecho. No, ya veo que no lo desea. Le dir√© lo que ocurri√≥. Usted sali√≥ a entregar la ropa y se encontr√≥ con Rose Emmott. Pens√≥ que dejaba para siempre a Joe para marcharse con el forastero.
Ella estaba en un apuro y Joe dispuesto a acudir en su ayuda, a casarse con ella si era preciso, y Rose lo tendr√≠a para siempre. Joe lleva cuatro a√Īos viviendo en su casa y se ha enamorado de √©l, lo quiere para usted sola. Odiaba a esa muchacha, no pod√≠a soportar la idea de que otra le arrebatara a su hombre. Usted es una mujer fuerte, se√Īora Bartlett. Cogi√≥ a la chica por los hombros y la arroj√≥ a la corriente. Pocos minutos despu√©s encontr√≥ a Joe Ellis. Jimmy los vio juntos a lo lejos, pero con la oscuridad y la niebla imagin√≥ que el cochecito era una carretilla del que tiraban dos hombres. Y usted convenci√≥ a Joe de que pod√≠a resultar sospechoso y le propuso establecer una coartada para √©l, que en realidad lo era para usted. Ahora d√≠game
sinceramente, ¬Ņtengo o no raz√≥n?

Contuvo el aliento. Lo arriesgaba todo en aquella jugada.

Ella permaneció ante él unos momentos secándose las manos en el delantal mientras lentamente iba tomando una determinación.

-Ocurri√≥ todo como usted dice -dijo al fin con su voz reposada, tanto que don Henry sinti√≥ de pronto lo peligrosa que pod√≠a ser-. No s√© lo que me pas√≥ por la cabeza. Una desvergonzada, eso es lo que era. No pude soportarlo, no me quitar√≠a a Joe. No he tenido una vida muy feliz, se√Īor. Mi esposo era un pobre inv√°lido malhumorado. Lo cuid√© siempre fielmente. Y luego vino Joe a hospedarse en mi casa. No soy muy vieja, se√Īor, a pesar de mis cabellos grises. S√≥lo tengo cuarenta a√Īos y Joe es uno entre un mill√≥n. Hubiera hecho cualquier cosa por √©l, lo que fuera. Era como un ni√Īo peque√Īo, tan simp√°tico y tan cr√©dulo. Era m√≠o, se√Īor, y yo cuidaba de √©l, lo proteg√≠a. Y esto‚Ķ esto‚Ķ -trag√≥ saliva para contener su emoci√≥n. Incluso en aquellos momentos era una mujer fuerte. Se irgui√≥ mirando a don Henry con una extra√Īa determinaci√≥n-. Estoy dispuesta a acompa√Īarlo, se√Īor. No pens√© que nadie lo descubriera. No s√© c√≥mo lo ha sabido usted, no lo s√©, se lo aseguro.

Don Henry negó con la cabeza.

-No fui yo quien lo averiguó -dijo pensando en el pedazo de papel que seguía en su bolsillo con unas palabras escritas con letra muy clara y pasada de moda:

Se√Īora Bartlett, en cuya casa se hospeda Joe Ellis en el n√ļmero 2 de Mill Cottages.
Una vez m√°s, la se√Īorita Marple hab√≠a acertado.

FIN

 

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