Gobernó la isla durante más de cinco décadas y convirtió en un símbolo de la Guerra Fría. Enfrentó a EE.UU. y sobrevivió a de sus 11 presidentes. Su legado todavía genera adhesiones y rechazos.

Fidel Castro, líder de la Revolución Cubana, gobernó Cuba durante más de cinco décadas. (Foto: Reuters)
Cumpliría 100 años. Nació el 13 de agosto de 1926, en Birán y en una finca del este de Cuba, en la hoy provincia de Holguín. Era hijo de un emigrante gallego convertido en terrateniente en aquella tierra entonces pródiga y de una campesina cubana, Lina Ruz. Usó siempre sus dos apellidos, Castro Ruz, pero pasó a la historia con la rotunda brevedad de su nombre: Fidel.
Gobernó Cuba con mano de hierro, y en pocas ocasiones también de seda, durante más de la mitad de un siglo tumultuoso; le fijó una identidad a su país, le implantó el orgullo, de alguna manera le dictó una historia y durante varios años lo mantuvo sin índices de mortalidad infantil y con una educación que no se podía comparar con el treinta por ciento de analfabetismo que tenía Cuba cuando tomó el poder por asalto en 1959.
Fidel fue también un dictador en un continente que de dictaduras entendió y entiende un rato largo. Quienes se espantan por esa condición, lo hacen sin un espejo a mano. Fue implacable durante ese medio siglo con los enemigos de su régimen; las cárceles se llenaron de presos políticos, en especial en las últimas décadas, cuando el llamado modelo cubano empezó a resquebrajarse; miles de ciudadanos huyeron como pudieron de la isla, o fueron obligados a emigrar en las raras ocasiones que el régimen abrió las fronteras.
Mantuvo una férrea censura de prensa: las noticias del mundo llegaron siempre a Cuba a través de la agencia estatal Prensa Latina y del único diario editado en la isla, el Granma, que es también el órgano oficial del Partido Comunista Cubano. La mordaza se extendió incluso a Internet, cuyo uso para todos los cubanos fue habilitado, a cuentagotas, recién en 2009.

Fidel Castro durante un acto público en Cuba, en 2006. (Foto: AFP)
En 1961 proclamó a Cuba la primera república socialista de América, después de un intento frustrado de invasión de mercenarios pagados y apoyados por Estados Unidos. Así fue como Fidel ató su destino y el de Cuba al de la Unión Soviética y también ancló la suerte del continente a los designios de la Guerra Fría.
La URSS, entonces en manos de Nikita Khruschev, tuvo en Cuba un atalaya vecino a Estados Unidos, que espiaba a la URSS desde sus bases en Turquía y en Afganistán. Por su lado, Estados Unidos jamás volvió a mirar hacia el sur del Río Grande, sino por encima de las charreteras de comandante de Fidel.
Durante ese largo medio siglo, Fidel y Cuba afrontaron el bloqueo comercial, industrial y cultural más feroz que se haya lanzado contra un país latinoamericano por parte de Estados Unidos, bloqueo que fue obedecido casi a ciegas, con excepciones honrosas pero pocas, por todos los países del hemisferio que durante cincuenta años no vendieron a Cuba ni siquiera un tornillo y, ya en los albores del siglo XXI, se asombraron con candorosa hipocresía de la mala calidad de vida de la isla.
Sobrevivió a 11 presidentes de Estados Unidos, quienes, con mayor o menor intensidad, ansiaron verlo muerto o derrocado, y que impulsaron, sostuvieron, financiaron, idearon o toleraron un sinfín de atentados contra su vida que encararon la CIA, la Mafia estadounidense o los exiliados cubanos solos, a dúo o en criminal alianza.
Su condición de hombre fuerte de Cuba, de dictador estaliniano o de no tolerado líder revolucionario, no le impidió hablar cara a cara con los hombres y mujeres que ayudaron a construir el mundo de la posguerra y el de la posmodernidad: Jawaharlal Nehru, Gammal Nasser, Josip Broz Tito, Khruschev, Yasser Arafat, Indira Gandhi, Ahmed Ben Bella, Salvador Allende, Leonid Brezhnev, Mikhail Gorbachov, Jiang Zemin, François Mitterrand, Juan Carlos I de España y los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, entre otros. Y conoció e intercambió con personalidades de la cultura como Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Ernest Hemingway, de quien atesoraba una foto autografiada, Arthur Miller, Pablo Neruda, Jorge Amado, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y José Saramago.
Fidel y Cuba ejercieron una enorme fascinación e influencia en la izquierda de América Latina que vio en ambos un camino hacia el socialismo. Por lo mismo, fue execrado, maldecido y abominado por las derechas, lo es aún hoy a una década de su muerte, que tacharon de subversión cualquier intento de mejora social: la guerra, larvada o abierta, que desató esa ceguera fue siempre desembozada y sangrienta.
Fidel tuvo con Argentina una particular relación signada por la figura de Ernesto “Che” Guevara, que lo acompañó en los años guerrilleros de Sierra Maestra y fue ministro de Cuba, y por cuatro visitas al país que hicieron historia. Si bien en los últimos años de su vida dijo que las ideas eran mejor que las armas, ya había corrido mucha sangre para ese acto de contrición; durante décadas sostuvo lo contrario, que las armas eran aptas para imponer las ideas.

Fidel Castro junto a Ernesto “Che” Guevara en La Habana. (Foto: AFP)
Cuba cobijó y entrenó a varios grupos guerrilleros de América Latina, entre ellos a la guerrilla peronista Montoneros y a la trotskista del Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP, en un intento de “exportar” la revolución cubana al resto del continente. Lo hizo, con el apoyo total de la URSS, en los mismos años en los que Estados Unidos exportaba su doctrina de la seguridad nacional y entrenaba en la Escuela de las Américas a represores de todo el continente, mientras sostenía y financiaba las más sangrientas dictaduras que asolaron durante décadas a América Latina.
Al menos el líder cubano fue sincero y lo puso en claro con una lógica comunista de acero: “Ellos internacionalizaron el bloqueo, nosotros internacionalizamos la guerrilla”. De Estados Unidos llegó una réplica tácita: “No vamos a permitir otro Castro en América.”
Estudió con los sacerdotes lasallanos y luego con los jesuitas en el Colegio de Dolores de Santiago y en la Preparatoria de Belén, en La Habana. Tenía ocho años cuando Cuba cayó en manos de Fulgencio Batista, un sargento del ejército que se convirtió en coronel y que rigió los destinos de Cuba durante un cuarto de siglo con el apoyo incondicional de Estados Unidos. A sus diecinueve años, en 1945 y cuando el mundo despertaba de la pesadilla de la Segunda Guerra, estudió derecho en la Universidad de La Habana con la idea de combatir a Batista.
En 1948, a cuatro meses de cumplir veintidós años, viajó a Colombia como delegado de la IX Conferencia Interamericana de la Federación de Estudiantes Universitarios y casi no vuelve vivo: acorralado en medio de los disturbios que estallaron en Bogotá tras el asesinato del líder político Eliecer Gaitán, fue salvado por un grupo de estudiantes que lo llevó al aeropuerto y lo embarcó a Cuba.
Entre sus salvadores estaba el entonces joven líder estudiantil peronista Antonio Cafiero, según relató hace ya años al autor de esta nota. Se recibió de Doctor en Derecho Civil y Licenciado en Derecho Diplomático en 1950, después de fundar el Partido Ortodoxo que lideró desde 1952. Para entonces ya estaba casado con Mirta Díaz Balart, con quien ya tenía un hijo, Fidel nacido en 1949.
Cuba era en los años 50 un satélite virtual de Estados Unidos, que importaba de la isla casi toda su producción azucarera, que controlaban y comercializaban once compañías de ese país. Las empresas norteamericanas manejaban el 48 por ciento de las tierras cultivables, el 90 por ciento de la electricidad y de las redes telefónicas, el 70 por ciento de la producción petrolera y el 100 por ciento de la producción de níquel; cuatro mil personas eran dueñas de más de la mitad del territorio cubano, según un censo de 1945. La mafia estadounidense manejaba los casinos, burdeles y hoteles de Cuba y los dividendos que dejaba el juego, la prostitución y el tráfico de drogas. Cuba era, en frases de la época, el patio trasero de Estados Unidos.
El 26 de julio de 1953, mientras en Buenos Aires se recordaba el primer aniversario de la muerte de Eva Perón, Castro y un grupo de jóvenes guerrilleros intentaron copar los cuarteles militares de Moncada y de Bayazo, a ciento cincuenta kilómetros uno del otro. Fue un desastre: los rebeldes sufrieron decenas de muertos; el resto fue a parar a la cárcel. Castro fue su propio defensor en el juicio que siguió a la intentona. En octubre de ese año, lanzó su célebre alegato conocido por su histórica frase final: “Condenadme, no importa: la Historia me absolverá”.
En ese discurso trazó un tremendo retrato de la realidad social cubana: “(…) De tanta miseria solo es posible liberarse con la muerte; y a eso sí los ayuda el Estado: a morir. El noventa por ciento de los niños del campo está devorado por parásitos que se les filtran desde la tierra por las uñas de los pies descalzos. (…) Crecerán raquíticos, a los treinta años no tendrán una pieza sana en la boca, habrán oído diez millones de discursos y morirán al fin, en la miseria y la decepción.”
Fue condenado a quince años de cárcel, adonde fue a parar junto a su hermano Raúl, cinco años menor, y a otros dieciocho rebeldes. En prisión se divorció de su mujer, Mirta Díaz Balart, y formó el “Movimiento 26 de Julio”. Fue amnistiado y se exilió en México, donde conoció a Guevara.
El 25 de noviembre de 1956, Fidel, Raúl, el Che y otros 80 revolucionarios abordaron el yate Granma con rumbo a Cuba y con la idea de instalar un foco guerrillero para derrocar a Batista. Fue otro desastre que derivó en que el grupo se internara en la Sierra Maestra para llevar adelante una guerra de guerrillas que fue apoyada por gran parte de la sociedad cubana. El 1 de enero de 1959, Batista huyó al extranjero y los rebeldes castristas entraron en La Habana. Fidel fue entonces primer ministro y comandante de las fuerzas armadas.

Fidel Castro saluda a la población en La Habana. (Foto: Reuters)
Hasta entonces, Castro se cuidó muy bien de revelar sus ideas marxistas, como admitió muchos años después al periodista francés Ignacio Ramonet para su “Fidel Castro – Biografía a dos voces”. Pero Estados Unidos, que tenía infiltrado el movimiento guerrillero de Sierra Maestra nunca confió en sus intenciones. A los ojos del mundo, Fidel que tenía treinta y tres años en 1959, apareció como un joven líder liberal, romántico e idealista.
Como tal fue recibido en Venezuela, Uruguay y Argentina, adonde llegó en mayo de 1959. Cuba ya había desatado una serie de juicios populares sumarísimos contra antiguos miembros del régimen de Batista: muchos fueron fusilados, una decisión que no recibió críticas en el continente, menos en Argentina, donde todavía era fuerte la huella de la Revolución Libertadora que había fusilado a civiles y militares peronistas en 1956.
Castro llegó en mayo de 1959, un año después de la asunción de Frondizi, y fue recibido casi como un héroe por quienes lo veían como a un líder que había derrocado a un Perón del Caribe, y por quienes lo tomaban como una luz que guiaba hacia el socialismo, en especial los jóvenes.
En los inicios de su gobierno, Castro mejoró la educación de Cuba, se propuso terminar con el analfabetismo, aumentar los niveles de salud y sancionar una reforma agraria; expropió la mayor parte de las empresas estadounidenses, entre las que se hallaban la mítica United Fruit y las refinerías de Texas Oil Company, Shell y Esso.
Estados Unidos redujo entonces la cuota de importación de azúcar y amplió el embargo a la venta de armas: logró que Francia y Gran Bretaña cancelaran también la venta de armamento a Cuba, que recurrió al bloque soviético. La URSS autorizó la primera entrega de material bélico a Cuba que llegó a la isla a través de Checoslovaquia.
Las relaciones entre Estados Unidos y Cuba empezaron a quebrarse. Cuando en septiembre de 1960 Castro viajó a Estados Unidos para hablar ante la ONU, le negaron el hospedaje en los grandes hoteles de Manhattan. Se instaló entonces en el Hotel Theresa, del barrio negro de Harlem, hasta donde llegó Khruschev para abrazarlo. La ruptura total se produjo en abril de 1961, luego de que el flamante gobierno de John Kennedy apoyara una vieja idea de Eisenhower: invadir Cuba.
Los servicios secretos cubanos, con agentes infiltrados entre los disidentes que ya empezaban a poblar Miami, estaban al tanto de la operación. Castro se puso al frente de la represión, que terminó con varios invasores muertos y más de mil presos. Poco después, Fidel proclamó a Cuba como la primera república socialista de América, y en diciembre de ese año se declaró marxista leninista.
Cuba fue expulsada de la OEA en la reunión de cancilleres de Punta del Este, de enero de 1962, y Fidel intensificó la “exportación” al resto de América Latina de su modelo de revolución y de guerrilla. En el continente crecieron los partidos de izquierda y los grupos armados, pero también se endurecieron los gobiernos. Kennedy ordenó el bloqueo económico de Cuba y, ante la certeza de otra posible invasión, Fidel pidió, y obtuvo de la Unión Soviética, misiles balísticos intercontinentales de mediano y largo alcance que apuntaron hacia Miami y hacia Washington. La llamada crisis de “los misiles cubanos” estalló en octubre de 1962 y puso al mundo al borde de una guerra nuclear.
Uno de los primeros focos guerrilleros exportados por Cuba tuvo como destino la Argentina, que era la meta a alcanzar por el Che Guevara. Estuvo al mando del periodista Jorge Masetti, fundador de la agencia de noticias cubana Prensa Latina. Guevara, según reveló Castro a Ramonet, le había pedido a mediados de los años 50 y antes de embarcarse en el Granma: “Lo único que quiero es que, cuando triunfe la Revolución en Cuba, por razones de Estado ustedes no me prohíban ir a Argentina a hacer la revolución.”
Palabras más o menos, lo mismo le diría Guevara al presidente Frondizi en agosto de 1961 y en la residencia de Olivos, en su breve y casi secreta visita a la Argentina, según reveló el propio Frondizi al autor de esta nota en 1987. La experiencia guerrillera de Masetti y su EGP, Ejército Guerrillero del Pueblo, terminó en desastre: el grupo fue diezmado por la Gendarmería y los sobrevivientes, que se perdieron en la selva salteña, posiblemente hayan muerto de hambre.
El intento de Guevara de llegar con la guerrilla a la Argentina desde Bolivia también terminó en desastre en 1967: Guevara fue herido y capturado por las fuerzas bolivianas y fusilado el 9 de octubre por el sargento Mario Terán por orden de Félix Rodríguez, un agente de la CIA al servicio del ejército de ese país, previa conformidad del entonces presidente, general René Barrientos Ortuño.
Del vínculo con la ex URSS a la crisis de los balseros
La Unión Soviética fue el gran sostén económico de Cuba. A inicios de los años 70, el gobierno de Castro vio renacer sus relaciones con los gobiernos de América Latina. Fue un instante muy breve. En 1971, Castro viajó a Chile, gobernada entonces por el socialista Salvador Allende, que había ganado las elecciones en 1970 y ensayaba una “vía pacífica al socialismo”.
En 1973, el flamante gobierno peronista de Héctor Cámpora reanudó las relaciones diplomáticas y comerciales con Cuba: una audacia para la época, encarnada por el entonces ministro de Economía de Cámpora, José Ber Gelbard, un comunista en secreto ligado a la URSS y a la KGB. Cámpora debió renunciar en julio de ese año y dos meses después, en septiembre, Allende fue derrocado por un sangriento golpe de Estado apoyado por Estados Unidos: el presidente se suicidó en el Palacio de la Moneda.
En 1974, en las primeras elecciones en Cuba desde el inicio de la Revolución - que Fidel había prometido inmediatas en 1959-, le dieron el triunfo y, dos años más tarde, un referéndum aprobó la primera Constitución Socialista del Estado. En 1977, con la asunción del demócrata James Carter, Estados Unidos y Cuba reanudaron parte de sus deterioradas relaciones. Ambos países instalaron “oficinas de intereses” que, en la práctica, fueron virtuales embajadas.
Cuba colaboró con el Frente Sandinista nicaragüense tras el derrocamiento de Anastasio Somoza en 1979 y luego, mientras el gobierno de Ronald Reagan canjeaba con su “enemigo” Irán armas por dinero para solventar la “contra” nicaragüense, Cuba apoyó los movimientos guerrilleros en El Salvador, Guatemala y Honduras, en una versión latinoamericana de la Guerra Fría.
La caída del Muro de Berlín en 1989 y de la URSS dos años después, dejaron a Cuba librada a su suerte y en el desamparo, mientras Estados Unidos ajustaba las tuercas del eterno bloqueo. A mediados de los 90, más de treinta mil “balseros” cubanos se lanzaron al mar en cualquier cosa que prometiera flotar, con tal de alcanzar las costas estadounidenses: la profunda crisis económica, la falta de insumos, de recursos, de tecnología, el atraso de un país entero en un mundo que avanzaba al galope hacia el progreso, profundizaron en Cuba el descontento y la decepción, que Fidel siempre atenuó con unos elogios desmesurados a la conciencia social y política de su pueblo. Su pueblo pedía libertad, jabones de tocador, jean, y todo cuanto el régimen juzgaba siempre como desvíos burgueses.

Fidel Castro en La Habana. (Foto: AFP)
En 1996 Fidel intentó adaptar a Cuba a los nuevos tiempos sin desviar el rumbo de su revolución, y así lo dijo en un largo discurso durante la celebración del 50 aniversario de Naciones Unidas. La fórmula, que parecía de imposible cumplimiento, fue hecha pedazos por Estados Unidos que ese mismo año y bajo el gobierno de Bill Clinton, promulgó la Ley Helms-Burton que reforzó el bloqueo a Cuba y obstaculizó las inversiones extranjeras en la isla.
Como símbolo de una relativa apertura, en 1998 Fidel recibió en La Habana al papa Juan Pablo II, que demandó una mayor libertad religiosa y además reclamó: “Que Cuba se abra con todas sus magníficas posibilidades al mundo y que el mundo se abra a Cuba, para que este pueblo, que como todo hombre y nación busca la verdad, que trabaja por salir adelante, que anhela la concordia y la paz, pueda mirar el futuro con esperanza”. Castro pidió entonces: “La unidad entre cristianos y marxistas para alcanzar el socialismo”.
El fin de las dictaduras militares en el continente, la llegada de Hugo Chávez al poder en Venezuela, que aseguró a Cuba un flujo imprescindible de petróleo que antes llegaba de la URSS, las inversiones en turismo de Canadá, de España y de parte del resto de Europa, dieron algo de alivio al aislamiento cubano. Fidel viajó en esos años a Francia, Italia, España, Portugal, Colombia, México, Venezuela y América Central. En 2003 volvió a la Argentina para la asunción de Néstor Kirchner y dio un discurso en las escalinatas de la Facultad de Derecho seguido por miles de jóvenes, su público preferido.
En 2004, Fidel tropezó y cayó cuando bajaba de un estrado en Santa Clara y se fracturó la rodilla izquierda y el húmero derecho, diagnóstico que él mismo dio tendido en el piso y mientras lo auxiliaban. En 2006, una hemorragia intestinal lo puso al borde de la muerte y dos años después traspasó sus poderes a su hermano Raúl “para perfeccionar el socialismo”.
Pese a su deterioro físico, recibió al Papa Benedicto XVI en marzo de 2012 y juzgó, enjuició y analizó cada paso de la vida política cubana y del mundo que lo rodeaba. Aquel trueno del Caribe murió en su cama, a los 90 años, el 25 de noviembre de 2016.

Fidel Castro, durante sus últimos años de vida. (Foto: AP)
Cuba hoy es una sombra. Sin petróleo, sin energía, sin luz, sin agua, con escasez de bienes básicos, con apagones constantes, el país entero agoniza junto a sus habitantes. En mayo, el director de la Agencia Central de Inteligencia, CIA, de Estados Unidos, John Ratcliffe se reunió en La Habana con el ministro del Interior, Lázaro Álvarez Casas, con el jefe de los servicios de inteligencia de Cuba y con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro.
Los tan reprochados y censurados sueños de Fidel de exportar su revolución, abortados ya hace más de medio siglo, trazaron ahora una irónica parábola: la inteligencia estadounidense desarrolla un plan, ya no tan secreto, para presionar al gobierno de Cuba a que haga los cambios económicos, políticos y de liderazgo exigidos por el presidente Donald Trump.
