Cada año, Carnaval cambia de día, pero responde a una cuenta precisa ligada al calendario religioso y a una tradición que atraviesa siglos.

El Carnaval es una de las celebraciones más populares del mundo y, al mismo tiempo, una de las más desconcertantes en términos de calendario. A diferencia de otras festividades, no tiene una fecha fija y varía año tras año. En 2026, por ejemplo, el Carnaval se celebrará el lunes 16 y martes 17 de febrero, pero esa ubicación no es arbitraria: responde a un cálculo histórico, religioso y matemático que se repite desde hace siglos.
La clave está en la Pascua
Para entender cuándo cae Carnaval, es imprescindible mirar primero el calendario cristiano. El Carnaval está directamente vinculado a la Semana Santa y, en particular, a la fecha de Pascua, que tampoco es fija. La Pascua se celebra el domingo siguiente a la primera luna llena después del equinoccio de primavera del hemisferio norte (21 de marzo).
Una vez determinada la Pascua, el resto de las fechas móviles del calendario litúrgico se ordenan hacia atrás. El Carnaval se celebra 48 días antes del Domingo de Pascua, ya que antecede al Miércoles de Ceniza, que marca el inicio de la Cuaresma, un período de 40 días de preparación espiritual que no incluye los domingos.
En el caso de 2026, la Pascua caerá el 5 de abril. Al contar 48 días hacia atrás, el resultado ubica al Carnaval en lunes 16 y martes 17 de febrero.
Por qué se festeja lunes y martes
Tradicionalmente, el punto culminante del Carnaval es el martes, conocido como Martes de Carnaval. Es el último día de celebración antes del inicio de la Cuaresma. En muchos países, incluido Argentina, el lunes y martes fueron establecidos como feriados para permitir la participación popular y preservar el carácter festivo de la fecha.
Estos días concentran desfiles, corsos, música, bailes y rituales que varían según la región, pero que comparten una misma lógica: celebrar antes de un tiempo de recogimiento.
El origen histórico del Carnaval
El Carnaval es mucho más antiguo que el cristianismo. Sus raíces se remontan a fiestas paganas de la Antigüedad, como las Saturnales romanas o las celebraciones en honor a Baco, dios del vino y el desenfreno. En esas festividades se suspendían jerarquías sociales, se usaban máscaras y se exaltaba el exceso como forma de renovación.
Con la expansión del cristianismo, estas celebraciones no desaparecieron, sino que fueron resignificadas. El Carnaval quedó ubicado estratégicamente antes de la Cuaresma, funcionando como un período de licencia simbólica previo a la abstinencia.
El propio término “Carnaval” suele vincularse a la expresión latina carne vale, que puede interpretarse como “adiós a la carne”, en referencia al ayuno que comenzaba después.
Una fiesta que se adapta a cada cultura
Con el paso del tiempo, el Carnaval adoptó identidades propias en cada región del mundo. En América Latina se fusionó con tradiciones indígenas y africanas, dando lugar a expresiones culturales únicas. En Argentina, los carnavales incorporaron murgas, comparsas, juegos con agua y una fuerte impronta barrial.
A pesar de sus múltiples formas, el sentido profundo del Carnaval se mantiene: es una celebración del cuerpo, la música y la comunidad, un espacio donde lo lúdico y lo colectivo cobran protagonismo.
Una fecha móvil con sentido permanente
Aunque el Carnaval cambie de fecha cada año, su lógica permanece intacta. No responde al azar ni al turismo, sino a una tradición milenaria que combina astronomía, religión e historia. Así, cuando en 2026 el calendario marque lunes 16 y martes 17 de febrero, detrás de esos días habrá una cuenta precisa y una herencia cultural que atraviesa generaciones.
